lunes, 15 de marzo de 2010

Historias de la riada (2)


El 4x4 navegaba por el lodo. Las ruedas hacían glu-glu mientras me esforzaba porque el todoterreno no se fuera de atrás. El río estaba cerca.

Lejos, en la cancela de una parcela, un viejo me llamaba la atención con el barro hasta la cintura. Aparentaba más de 70 años. Tras él aparecía una señora de la misma edad y un nieto de la mía. Me preguntaba cómo coño habían llegado a lo que dos días antes fue su casa y hoy una ciénaga. El viejo, al que habría confundido con el paisaje en una taberna de vino fino y serrín en el suelo, parecía hasta de buen humor y, pese a la tragedia de haberlo perdido todo, se resistía a dejar de hablar.

"Oye, muchacho, ¿tú eres del Ayuntamiento, no?". "Sí, caballero. Se suben ustedes en el coche y se salen conmigo de aquí". "Sí, sí. Aquí no tenemos mucho que hacer hasta que no pasen las máquinas. Pero bájate un segundo, que me he encontrado una cosa en mi casa que no es mía. Abre el coche y nos lo llevamos porque yo no lo quiero". "Caballero, aunque lo quiera, si no es suyo...". "Ya, ya. No sé de quien será, pero es que no sé que hacer con esto...".

El hombre, al que me seguía imaginando alegre en la taberna, contando chistes ante un medio de fino, tronó llamando a su hijo. El lodo, que me superaba la cintura, me atrapaba, apenas me dejaba andar, cuando el muchacho me cogió de los hombros y me teletransportó, en sólo dos metros, de la civilización al coto de Doñana.

En un charco de agua, artificial, diseñado por la familia en un gesto de solidaridad, nadaban dos patos. "Les he dado el chopped que nos ha sobrado de los bocadillos y se han puesto muy contentos. No sé de quién serán, pero es que a mis padres no les gusta la carne de pato..."

La sorpresa y la lucha contra el fango me dejó sin fuerzas para replicarle, para decirle que de quién iban a ser los patos si no eran del río y que como se les ocurriera comérselos me iba a cagar en su puta madre por mucho que hubieran perdido en la riada...

"Pero hay más..." "¿Qué?", acerté a preguntar mientras empezaba a ver la agonía en otra charca, más estrecha, más sucia, más natural. A medio kilómetro del cauce habitual del Guadalquivir, cinco carpas se agarraban a su último suspiro de vida entre los electrodomésticos, muebles y recuerdos que flotaban en el fango.

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